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Una fuente y un dilema

Si en el post anterior se hablaba del escándalo Watergate, éste tratará de una interesante historia que tiene como protagonista el programa “60 minutes” (60 Minutos) de la CBS, uno de los frutos del periodismo de investigación que dieron a luz Bob Woodward y Carl Bernstein.

En el año 1993, Jeffrey Wigand, un alto ejecutivo y científico de la empresa tabacalera “Brown and Willliamson“, es despedido de la misma con un contrato de confidencialidad que le obliga a callar sobre el modo de trabajar de la empresa (la dosis de nicotina que introducían en los cigarrillos tenía efectos característicos de una droga) a cambio de mantener una determinada estabilidad económica en su familia. Lowell Bergman, productor de 60 minutos por aquellos años, se pone en contacto con Wigand y descubre que tiene algo importante que contar, pero éste se muestra reticente a ello por la seguridad de su familia. Tras varias conversaciones, Wigand le concede una entrevista para el programa y en ella cuenta la manipulación de la nicotina en Brown and Williamson, lo que desemboca en un ataque de la empresa tabacalera a la vida personal de su ex-empleado. Con la entrevista grabada, la CBS se niega a emitirla sometida a presión por la propia empresa de tabaco, lo que obliga a Bergman a luchar por su lealtad hacia su fuente, involucrada en un auténtico infierno. Finalmente, la entrevista se emite y el público americano conoce el fraude de Brown y Williamson, pero la vida de Jeffrey Wigand ya está destrozada.

Desde el punto de vista periodístico, puede surgir la siguiente cuestión: ¿Debe un periodista dejar de lado un caso importante si su principal fuente puede ver afectada su vida personal? Esta pregunta es de difícil respuesta y seguramente existirán muchas opiniones diversas. Mi respuesta es . El hecho de ser periodista no concede un rango distinto al de un ser humano raso, por lo que en un caso como éste no prima la información, si no la integridad de la persona que nos la proporciona, sin importar si finalmente nos la dará o no, ya que es decisión suya. En el caso de Bergman y Wigand, si el primero no hubiera insistido un poco, quizás el segundo continuaría con su vida. Es cierto que jamás se hubiera descubierto el fraude de la tabacalera, que incurre en la salud pública, pero considero que, ante todo, está la persona. Siempre se puede buscar otra vía, pero para satisfacer a X (a un tercero, a la sociedad o a uno mismo) hay que intentar no fastidiar a Y.

Este historia fue llevada al cine en 1999 por el director Michael Mann. Bajo el título “The Insider” (El Dilema), Russell Crowe encarna a Jeffrey Wigand y Al Pacino a Lowell Bergman en un film que narra con bastante fidelidad los hechos.

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El paraíso del periodista

“Lies, damn lies and fiction”, así se titula el artículo que Adam Penenberg escribió en forbes.com en 1998 sobre el escándalo que él mismo descubrió del periodista Stephen Glass con su artículo, “Hack heaven” (El paraíso del hacker), publicado en The New Republic. Este escrito contaba la historia de Ian Restil, un joven pirata informático que es contratado por Jukt Micronics, una supuesta empresa de software, después de conseguir entrar en su sistema y manipular su página Web. “Una historia interesante, pero falsa”, tal como explicó Penenberg en su texto. Sthepen Glass, que durante su trabajo en The New Republic era considerado un joven periodista con mucho futuro, inventó toda la historia del pirata Ian Restil, al que él mismo llamó “the big bad bionic boy” en “Hack heaven”.

Por aquellos años, el proceso de decisión de qué se publicaba en The New Republic era sencillo. En una reunión a una determinada hora, el director, los jefes de sección y los periodistas explicaban aquellos temas que llevaban entre manos y que podían ser susceptibles de publicarse. La película “El precio de la verdad” (Shattered Glass), dirigida por Billy Ray y basada en este escándalo, muestra con bastante fidelidad cómo fue aquella rutinaria reunión en la que Glass (Hayden Christensen) contó a sus compañeros la historia del pequeño pirata informático en presencia de su director, Charles ‘Chuck’ Lane (Peter Sarsgaard).

Cuando el artíclo se publicó, llamó la atención de Adam Penenberg (Steve Zahn), que por entonces trabajaba en forbes.com, una revista online. Tras investigar sobre la empresa Jukt Micronics y todas aquellas fuentes que Glass citaba en el texto, destapó la gran mentira del periodista de The New Republic. Penenberg y el director de su revista presionaron a Glass haciéndole saber de los resultados de sus investigaciones mientras éste no hacía más que desmentirlas ante su director. Para tapar agujeros, el mismo Glass creó una página Web para la inexistente Jukt Micronics e inclusó falsificó sus apuntes sobre la historia con el fin de mostrárselos a su director como auténticos.

Finalmente, el director de TNR, Charles Lane, despidió a Stephen Glass tras descubrir que había mentido en varios de los artículos anteriormente publicados en la revista. La mentira de Glass desató una gran cadena de reacciones en el mundo del periodismo que le acusaban, con razón, de desprestigiar la profesión. El propio Stephen, en “El Fabulador“, un libro autobiográfico que escribió poco después, pidió disculpas por el daño que había causado a los lectores y al periodismo en general.

El caso de este escándalo es una muestra más de cómo un periodista puede aprovecharse del “paraíso” que le proporciona el prestigio de su propia revista para publicar historias interesantes y falsas como ciertas y, así, adquirir una buena reputación a pesar del riesgo de caer en el infierno del desprecio. Quizás, el continuo y rápido ritmo de la profesión periodística llevó a Glass a mentir en sus artículos o, tal vez, lo hizo por pereza. Lo que si se puede sacar en claro de esta historia (y de su recomendable película) es que, en ocasiones, la ética profesional del periodista no se toma al pie de la letra. Un craso error, ya que si mientes, eres un mentiroso, y si eres un mentiroso, pierdes credibilidad. Y un periodista mentiroso no es periodista, es novelista de ficción.