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Archive for the ‘Producción Periodística UMH’ Category

Periodismo fiscalizador y sin prejuicios

8 enero 2010 1 comentario

Reflexión sobre “Vigilar al poder y dar voz al que no la tiene”, sexto capítulo de “Los elementos del Periodismo”, de Bill Kovach y Tom Rosenstiel:

Gobierno y sociedad, políticos y gente de a pié, son dos de los elementos entre los que se encuentra el trabajo del periodista. ¿A quién servir? Al ciudadano. El poder político debe tener a alguien que controle su actividad de manera fiscalizadora, y ese fiscal es la sociedad en su conjunto. Pero a ésta última hay que facilitarle esa labor para que pueda ejercer bien su labor controladora, y esa es tarea del periodista, mediar entre las instituciones y los ciudadanos siempre fiel a la verdad. Se habla muchas veces de que el periodismo representa un “cuarto poder“. Pues bien, ese cuarto poder es el control que debe ejercer sobre las instituciones, de manera independiente y siempre dirigido a informar al público para que éste tenga constancia de los hechos y juzgue.

Uno de los medios más efectivos e importantes para desarrollar bien esta tarea es el periodismo de investigación, fruto del trabajo de Boobward y Bernstein con sus investigaciones en el escándalo Watergate. Kovach y Rosenstiel hablan en su libro de “la función fiscalizadora del periodismo de investigación”. En el párrafo anterior hemos asociado al ciudadano a esta función, y es que el periodista, como ciudadano, también debe ejercer esta labor, pero desde un punto de vista objetivo y meramente informativo, siempre con una investigación rigurosa. Para ello es también importante el tratamiento de las fuentes informativas.

Antes de que alguien participe como fuente le digo cómo trabajo, le digo que voy a grabar sus declaraciones, le digo que voy a preguntar sobre él a otras personas, que aunque me parece un tipo estupendo, voy a tener que comprobar que lo que me dice es cierto. […] Le digo que si accede a hablar conmigo, punto y aparte. Dejará de tener el control, aunque sí lo tendrá en cuanto a su grado de participación. Si cuando empiece a grabar hay algo que no quiera decirme, que no me lo diga, porque si lo hace, quedará registrado

→ Boob Woodward. “Los elementos del Periodismo”, Kovach y Rosenstiel, página 173.

Un buen reportaje de investigación conlleva todo aquello de lo que ya se ha comentado en posts anteriores: mantener un buen contacto con las fuentes, ser fiel a la verdad, no dejarse influenciar y contrastar toda aquella información que nos llegue. Es muy importante, a la hora de hacer un reportaje, el hecho de no permitir influencias.

Hacer un reportaje es ir al lugar de los hechos, investigar y contar nada más y nada menos que lo que veas y lo que te digan, siempre contrastando. No hay que tener un enfoque predeterminado, no existen los prejuicios

Mariola Sabuco, redactora jefe del diario Información en la delegación de Elche.

Pueden haber muchos tipos de intereses (empresariales o políticos) externos que quieran que el periodista modifique la información para satisfacer a un determinado sector. Por lo cual, como ya comenté ayer, los blogs son una gran herramienta para aquel que quiera librarse de cualquier influencia que pueda modificar su producto informativo. Aunque, como bien expresó Santi (diariodehoy) en un comentario anterior, los blogs “tienen limites que un medio tradicional rompe por sus propias características (marca, número de empleados, audiencia…)”. Ahí surge una ¿nueva ? meta.

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Contrastar, verificar y volver a contrastar

8 enero 2010 1 comentario

Reflexión sobre “Periodismo de verificación”, cuarto capítulo del libro “Los elementos del Periodismo”, de Bill Kovach y Tom Rosenstiel:

Si el 80% del trabajo de un periodista es elaborar una buena agenda de contactos, el restante 20% es contrastar la información que éstos le puedan dar como fuente. Y es que el ejercicio periodístico, en cualquiera de sus facetas, lleva incluida de serie la tarea de verificar todo aquello que se vaya a publicar/emitir/colgar. El objetivo no es otro que el de cumplir con la obligación de no mentir.

A pesar de que se insista mucho en que el profesional ha de acudir a tantas fuentes como le sea posible para contrastar la información, no siempre se cumple, lo que puede acarrear problemas de falta de credibilidad. Tal y como reflejan Kovach y Rosenstiel en su libro, el periodista debe ser desconfiado, nunca debe dar nada por sentado ni sacar a la luz algo de lo que no esté seguro. Una llamada a un par de fuentes puede ser la solución a esta inseguridad. Por otra parte, el reportero tampoco ha de añadir ni modificar nada a la información que le proporcionen. Es algo obvio pero que ocurre en bastantes ocasiones, en su mayoría fruto del rápido ritmo de trabajo que exige el periodismo actual y las ansias de notoriedad.

Pero hay un concepto muy importante que muchas veces pasa desapercibido para el periodista: humildad. El profesional de la comunicación debe ser consciente de los límites de sus capacidades. No debe dárselas de listillo aunque domine con pasmosa habilidad determinado tema. No hay que olvidar que el periodista es un continuo aprendiz de todo aquello que le rodea, por lo que debe adoptar una actitud humilde, aunque no exenta de crítica constructiva. Es como si a una persona que entiende de fútbol pero que nunca lo ha jugado,  llega a un equipo y dice: “perdonad, no sé jugar al fútbol pero sí las normas y quiero aprender, ¿me enseñáis?”.

La humildad evita errores innecesarios, en muchas ocasiones productos de las ganas del periodista por llamar la atención, sirva de ejemplo el caso que Laura Goldstein (redactora especializada en religión del New York Times) explica en “Los elementos del periodismo” (páginas 119 y 120): durante una oración del Pentecostés en las escalinata del Capitolio de Washington, uno de los animadores exclamó: “Roguemos a Dios para que destruya a todos aquellos que están en el Capitolio”. El reportero que cubría el evento entendió que “destruir” significaba “matar”, y así lo reflejó en su escrito, pero no sabía que, como explica Goldstein, “cualquier pentecostal sabe que rogar a Dios para que destruya a alguien significa que lo destruya en espíritu, que esa persona sea invadida por el amor a Jesús”.

También comentamos la importancia de contrastar la información en algún post anterior: Woodward y Bernstein, los reporteros del caso Watergate, convertían en obsesión propia la tarea de verificar toda la información que les llegaba y que era susceptible de publicarse, por eso dieron en el clavo en sus investigaciones. La verdad lleva al éxito.

Fragmento del “Encuentro Digital” con Lorenzo Milá en elmundo.es el 13 de Junio de 2005:

[Pregunta]11. ¡HOLA LORENZO! ¿Qué hace un periodista cuando recibe una información anónima y parece ser que es real? No pienso en Lydia Lozano, pero bueno, ahora que lo pienso a lo mejor sí… O sea: ¿cómo lo hacéis para contrastar informaciones que parecen no tener fuente? Pau P. C. Barna

[Respuesta] Pues es la norma básica de cualquier periodista: CONTRASTAR. Hay que llamar y llamar, preguntar y rebuscar hasta que varias fuentes de confirman ese dato o esa información. Lo que hay que tener es la honestidad suficiente para frenar el proceso si no consigues contrastarlo. Lo que sobra muchas veces son ganas de firmar noticias destacadas. Una vez más: vanidad periodística.

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El periodista y sus jefes

Reflexión sobre “¿Para quién trabaja el periodista?”, tercer capítulo del libro “Los elementos del Periodismo”, de Bill Kovach y Tom Rosenstiel:

En este tercer capítulo de “Los elementos del Periodismo“, Kovach y Rosenstiel hablan sobre cómo la perspectiva empresarial del periodismo ha ido cambiado el concepto de “independencia” del mismo. El periodismo, sin lugar a dudas, es un negocio, pero también es un servicio. El periodista se debate ahora mismo en quién es el receptor de ese servicio. Se supone que cualquier profesional del sector debe lealtad a su lector/audiencia, pero la faceta empresarial de un medio de comunicación puede hacer variar esta cuestión. Actualmente, muchos medios de comunicación ofrecen información sesgada que responde a intereses particulares. Ahora bien, ¿intereses de quién? Pueden haber varios interesados: los dueños del medio, los anunciantes, los políticos… Ésta es una tendencia que, con el paso de los años, ha hecho que el periodismo pierda valor con el consiguiente descenso de crédito de cara al ciudadano, el verdadero “jefe” del periodista.

Un ejemplo de cómo estos intereses pueden interferir en el producto periodístico es el programa radiofónico “La Brújula“, de Onda Cero y presentado por el periodista Carlos Alsina. Es un espacio que tiene mucha audiencia pero que, a su vez, incluye una gran cantidad de cortes publicitarios que distrae la atención del oyente. Es cierto que los ingresos publicitarios son la mayor fuente de ingresos de una emisora de radio pero, entonces, ¿quién manda aquí? ¿los anunciantes o el público deseoso de buena y completa información?

El periodista se debe al ciudadano, aquél que compra y lee el periódico cada mañana, aquél que escucha la radio sentado en el sillón, aquél internauta que busca información y actualidad. Si en el caso que comentábamos en el post anterior, Bergman hubiera cedido ante la presión de sus superiores (debidas a intereses económicos), jamás se habría descubierto el fraude de aquella empresa tabacalera y los ciudadanos estadounidenses seguirían sin conocer la manipulación de la nicotina que allí se llevaba a cabo.

El profesional de la comunicación debe luchar por su independencia y, actualmente, una buena herramienta para ello son los blogs, muchos de ellos editados por los propios periodistas que no quieren tener encima el peso de una cabecera, ni cualquier presión política o empresarial. Liberarse de esas abultadas cargas es el gran objetivo del buen periodismo.

Yo no trabajo para ustedes. Ustedes me pagan, lo cual les agradezco, pero la verdad es que yo no trabajo para ustedes, y si se trata de una cuestión de lealtad, mi lealtad estará con la persona que enciende el televisor.

Nick Clooney, presentador de televisión, a sus superiores.

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Una fuente y un dilema

Si en el post anterior se hablaba del escándalo Watergate, éste tratará de una interesante historia que tiene como protagonista el programa “60 minutes” (60 Minutos) de la CBS, uno de los frutos del periodismo de investigación que dieron a luz Bob Woodward y Carl Bernstein.

En el año 1993, Jeffrey Wigand, un alto ejecutivo y científico de la empresa tabacalera “Brown and Willliamson“, es despedido de la misma con un contrato de confidencialidad que le obliga a callar sobre el modo de trabajar de la empresa (la dosis de nicotina que introducían en los cigarrillos tenía efectos característicos de una droga) a cambio de mantener una determinada estabilidad económica en su familia. Lowell Bergman, productor de 60 minutos por aquellos años, se pone en contacto con Wigand y descubre que tiene algo importante que contar, pero éste se muestra reticente a ello por la seguridad de su familia. Tras varias conversaciones, Wigand le concede una entrevista para el programa y en ella cuenta la manipulación de la nicotina en Brown and Williamson, lo que desemboca en un ataque de la empresa tabacalera a la vida personal de su ex-empleado. Con la entrevista grabada, la CBS se niega a emitirla sometida a presión por la propia empresa de tabaco, lo que obliga a Bergman a luchar por su lealtad hacia su fuente, involucrada en un auténtico infierno. Finalmente, la entrevista se emite y el público americano conoce el fraude de Brown y Williamson, pero la vida de Jeffrey Wigand ya está destrozada.

Desde el punto de vista periodístico, puede surgir la siguiente cuestión: ¿Debe un periodista dejar de lado un caso importante si su principal fuente puede ver afectada su vida personal? Esta pregunta es de difícil respuesta y seguramente existirán muchas opiniones diversas. Mi respuesta es . El hecho de ser periodista no concede un rango distinto al de un ser humano raso, por lo que en un caso como éste no prima la información, si no la integridad de la persona que nos la proporciona, sin importar si finalmente nos la dará o no, ya que es decisión suya. En el caso de Bergman y Wigand, si el primero no hubiera insistido un poco, quizás el segundo continuaría con su vida. Es cierto que jamás se hubiera descubierto el fraude de la tabacalera, que incurre en la salud pública, pero considero que, ante todo, está la persona. Siempre se puede buscar otra vía, pero para satisfacer a X (a un tercero, a la sociedad o a uno mismo) hay que intentar no fastidiar a Y.

Este historia fue llevada al cine en 1999 por el director Michael Mann. Bajo el título “The Insider” (El Dilema), Russell Crowe encarna a Jeffrey Wigand y Al Pacino a Lowell Bergman en un film que narra con bastante fidelidad los hechos.

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Woodward, Bernstein y Felt

El escándalo Watergate es uno de los hitos más importantes de la historia del periodismo. Los periodistas Bob Woodward y Carl Bernstein, del Washington Post, destaparon una gran red de corrupción política del gobierno de Nixon en 1972 que acabó con la dimisión del presidente en 1974. Hasta hoy, mucho se ha hablado del caso Watergate, un hecho que supuso el inicio de lo que comúnmente se denomina “periodismo de investigación”, aquél que muchos consideran el periodismo real.

Para sacar a la luz todo el entramado que componía este escándalo, Woobdard y Bernstein tuvieron que consultar una gran cantidad de fuentes que, en su mayoría, tenían difícil accesibilidad. Contactaron con políticos, con contactos propios y anónimos como Garganta Profunda, extrajeron información de documentos oficiales como la lista de los trabajadores del comité de reelección del presidente Nixon… Volcaron sus vidas en averiguar qué estaba detrás de todo aquel entramado de corrupción. Y les dió resultado. En el tratamiento de las fuentes informativas, ambos periodistas supieron desenvolverse correctamente. Hicieron un buen uso del sentido de la observación con sus fuentes potenciales y siempre procuraron tratar a la gente cara a cara (aunque, por supuesto, también recurrían al teléfono en incontables ocasiones). No cayeron en trampas y siempre se preocuparon por contrastar la información que les llegaba, puesto que sus superiores en el Washington Post andaban tras sus pasos preocupándose de que no erraran, dada la gravedad del asunto que llevaban entre manos y que no les convencía el uso de una fuente de información anónima. Un error mínimamente grave hubiera sido fatal.

En 2005, 33 años después del escándalo Watergate, Garganta Profunda reveló su verdadera identidad en la revista Vanity Fair. Su nombre era Mark Felt y, con 91 años, vivía en California con su hija y su nieto. Mientras Woodward y Bernstein publicaban artículos y repotajes en el Washington Post sobre el Watergate, Felt era el número dos del FBI y un gran amigo de Woodward. Tras la muerte de John Edgar Hoover, el director del FBI, Felt aspiraba a ser su sucesor, pero Nixon prefirió designar como mandatario a Patrick Gray, un hombre fuera de las filas del cuerpo. Existe un debate sobre si Felt, fallecido en diciembre de 2008, suministró información a los periodistas para conseguir la caída de Nixon y vengarse o, por otro lado, cumplía con su deber. ¿Alguien puede pensar que Garganta Profunda utilizó a Boobward y Bernstein para saldar cuentas con Nixon? ¿Puede el mayor logro periodístico de la historia ser fruto de un sentimiento de venganza? En mi opinión, sinceramente, no. Más allá del desprecio que Felt sintiera hacia el presidente Nixon, Garganta Profunda debe ser considerado como un héroe justiciero más del escándalo Watergate, puesto que no sólo acabó con la carrera del gobernador, también con la de muchos miembros políticos involucrados en la red de corrupción. ¿No es el deber de un miembro del FBI velar por la justicia?

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El paraíso del periodista

“Lies, damn lies and fiction”, así se titula el artículo que Adam Penenberg escribió en forbes.com en 1998 sobre el escándalo que él mismo descubrió del periodista Stephen Glass con su artículo, “Hack heaven” (El paraíso del hacker), publicado en The New Republic. Este escrito contaba la historia de Ian Restil, un joven pirata informático que es contratado por Jukt Micronics, una supuesta empresa de software, después de conseguir entrar en su sistema y manipular su página Web. “Una historia interesante, pero falsa”, tal como explicó Penenberg en su texto. Sthepen Glass, que durante su trabajo en The New Republic era considerado un joven periodista con mucho futuro, inventó toda la historia del pirata Ian Restil, al que él mismo llamó “the big bad bionic boy” en “Hack heaven”.

Por aquellos años, el proceso de decisión de qué se publicaba en The New Republic era sencillo. En una reunión a una determinada hora, el director, los jefes de sección y los periodistas explicaban aquellos temas que llevaban entre manos y que podían ser susceptibles de publicarse. La película “El precio de la verdad” (Shattered Glass), dirigida por Billy Ray y basada en este escándalo, muestra con bastante fidelidad cómo fue aquella rutinaria reunión en la que Glass (Hayden Christensen) contó a sus compañeros la historia del pequeño pirata informático en presencia de su director, Charles ‘Chuck’ Lane (Peter Sarsgaard).

Cuando el artíclo se publicó, llamó la atención de Adam Penenberg (Steve Zahn), que por entonces trabajaba en forbes.com, una revista online. Tras investigar sobre la empresa Jukt Micronics y todas aquellas fuentes que Glass citaba en el texto, destapó la gran mentira del periodista de The New Republic. Penenberg y el director de su revista presionaron a Glass haciéndole saber de los resultados de sus investigaciones mientras éste no hacía más que desmentirlas ante su director. Para tapar agujeros, el mismo Glass creó una página Web para la inexistente Jukt Micronics e inclusó falsificó sus apuntes sobre la historia con el fin de mostrárselos a su director como auténticos.

Finalmente, el director de TNR, Charles Lane, despidió a Stephen Glass tras descubrir que había mentido en varios de los artículos anteriormente publicados en la revista. La mentira de Glass desató una gran cadena de reacciones en el mundo del periodismo que le acusaban, con razón, de desprestigiar la profesión. El propio Stephen, en “El Fabulador“, un libro autobiográfico que escribió poco después, pidió disculpas por el daño que había causado a los lectores y al periodismo en general.

El caso de este escándalo es una muestra más de cómo un periodista puede aprovecharse del “paraíso” que le proporciona el prestigio de su propia revista para publicar historias interesantes y falsas como ciertas y, así, adquirir una buena reputación a pesar del riesgo de caer en el infierno del desprecio. Quizás, el continuo y rápido ritmo de la profesión periodística llevó a Glass a mentir en sus artículos o, tal vez, lo hizo por pereza. Lo que si se puede sacar en claro de esta historia (y de su recomendable película) es que, en ocasiones, la ética profesional del periodista no se toma al pie de la letra. Un craso error, ya que si mientes, eres un mentiroso, y si eres un mentiroso, pierdes credibilidad. Y un periodista mentiroso no es periodista, es novelista de ficción.

Una reinvención obligada

El periodismo local deben reinventarse. Hoy día, existe una pequeña “lucha” entre los medios de información nacional y local por ver quién da más información. Tal como explica Daniel Akst en su artículo Write Local: How Small Newspapers Are Surviving, hay medios nacionales empeñados en dar información cercana al ciudadano, muy “local”, mientras un gran número de medios locales dan mayor cobertura a la información que les llega sobre el ámbito nacional. Una contradicción en sí misma que obliga a reflexionar sobre lo que está pasando. Esta situación lleva a una inevitable pérdida en la calidad de la información, lo que conlleva una disminución del número de lectores y, por tanto, de beneficios, con todas las consecuencias conocidas (recortes de plantilla, disminuciones salariales…).

A todo ésto podemos añadirle la irrupción de Internet en el mundo de la información, un hecho que, en cierto modo, “molesta” a muchas cabeceras pero que éstas, a su vez, se aprovechan de él e intentan mantener esa convergencia entre el papel y el portal digital. ¿Conseguirán los medios de comunicación impresos mantener esta dualidad? Esta pregunta es el origen de varios debates entre los “blogueros” y los viejos lobos defensores acérrimos del papel. Los primeros asegura que Internet, con blogs y páginas como soitu.es o lainformacion.com, ha destrozado el modelo del periódico tradicional y que se debe apostar por una información más cercana (local) en la Red, mientras que los segundos se agarran a la proximidad del papel con el lector.

¿Qué tiene que ver ésto con la información local? Muy sencillo. Los lectores quieren noticias próximas. A ellos les gustaría abrir el periódico un día y verse a ellos mismos en alguna foto o leer alguna declaración suya en un reportaje. Si un periódico quiere sacar beneficios, en mi opinión, debería apostar por esta estrategia. Un ejemplo podría ser esta noticia, en la que el periodista cuenta que a un vecino del barrio ilicitano de Carrús le ha tocado un premio en un sorteo de la ONCE. Una vez que el redactor acude en busca de ese hombre en compañía del fotógrafo, el periodista se asegura que el joven premiado compre el periódico y que éste, a su vez, corra la voz entre sus allegados (“Chico, que mañana salgo en el periódico, a ver si lo comprais”) y que éstos se hagan con un ejemplar. Así se cuentan historias cercanas, que los lectores pueden palpar y que muchas veces se leen más que otras noticias.