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Archive for 4 enero 2010

Woodward, Bernstein y Felt

El escándalo Watergate es uno de los hitos más importantes de la historia del periodismo. Los periodistas Bob Woodward y Carl Bernstein, del Washington Post, destaparon una gran red de corrupción política del gobierno de Nixon en 1972 que acabó con la dimisión del presidente en 1974. Hasta hoy, mucho se ha hablado del caso Watergate, un hecho que supuso el inicio de lo que comúnmente se denomina “periodismo de investigación”, aquél que muchos consideran el periodismo real.

Para sacar a la luz todo el entramado que componía este escándalo, Woobdard y Bernstein tuvieron que consultar una gran cantidad de fuentes que, en su mayoría, tenían difícil accesibilidad. Contactaron con políticos, con contactos propios y anónimos como Garganta Profunda, extrajeron información de documentos oficiales como la lista de los trabajadores del comité de reelección del presidente Nixon… Volcaron sus vidas en averiguar qué estaba detrás de todo aquel entramado de corrupción. Y les dió resultado. En el tratamiento de las fuentes informativas, ambos periodistas supieron desenvolverse correctamente. Hicieron un buen uso del sentido de la observación con sus fuentes potenciales y siempre procuraron tratar a la gente cara a cara (aunque, por supuesto, también recurrían al teléfono en incontables ocasiones). No cayeron en trampas y siempre se preocuparon por contrastar la información que les llegaba, puesto que sus superiores en el Washington Post andaban tras sus pasos preocupándose de que no erraran, dada la gravedad del asunto que llevaban entre manos y que no les convencía el uso de una fuente de información anónima. Un error mínimamente grave hubiera sido fatal.

En 2005, 33 años después del escándalo Watergate, Garganta Profunda reveló su verdadera identidad en la revista Vanity Fair. Su nombre era Mark Felt y, con 91 años, vivía en California con su hija y su nieto. Mientras Woodward y Bernstein publicaban artículos y repotajes en el Washington Post sobre el Watergate, Felt era el número dos del FBI y un gran amigo de Woodward. Tras la muerte de John Edgar Hoover, el director del FBI, Felt aspiraba a ser su sucesor, pero Nixon prefirió designar como mandatario a Patrick Gray, un hombre fuera de las filas del cuerpo. Existe un debate sobre si Felt, fallecido en diciembre de 2008, suministró información a los periodistas para conseguir la caída de Nixon y vengarse o, por otro lado, cumplía con su deber. ¿Alguien puede pensar que Garganta Profunda utilizó a Boobward y Bernstein para saldar cuentas con Nixon? ¿Puede el mayor logro periodístico de la historia ser fruto de un sentimiento de venganza? En mi opinión, sinceramente, no. Más allá del desprecio que Felt sintiera hacia el presidente Nixon, Garganta Profunda debe ser considerado como un héroe justiciero más del escándalo Watergate, puesto que no sólo acabó con la carrera del gobernador, también con la de muchos miembros políticos involucrados en la red de corrupción. ¿No es el deber de un miembro del FBI velar por la justicia?

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El paraíso del periodista

“Lies, damn lies and fiction”, así se titula el artículo que Adam Penenberg escribió en forbes.com en 1998 sobre el escándalo que él mismo descubrió del periodista Stephen Glass con su artículo, “Hack heaven” (El paraíso del hacker), publicado en The New Republic. Este escrito contaba la historia de Ian Restil, un joven pirata informático que es contratado por Jukt Micronics, una supuesta empresa de software, después de conseguir entrar en su sistema y manipular su página Web. “Una historia interesante, pero falsa”, tal como explicó Penenberg en su texto. Sthepen Glass, que durante su trabajo en The New Republic era considerado un joven periodista con mucho futuro, inventó toda la historia del pirata Ian Restil, al que él mismo llamó “the big bad bionic boy” en “Hack heaven”.

Por aquellos años, el proceso de decisión de qué se publicaba en The New Republic era sencillo. En una reunión a una determinada hora, el director, los jefes de sección y los periodistas explicaban aquellos temas que llevaban entre manos y que podían ser susceptibles de publicarse. La película “El precio de la verdad” (Shattered Glass), dirigida por Billy Ray y basada en este escándalo, muestra con bastante fidelidad cómo fue aquella rutinaria reunión en la que Glass (Hayden Christensen) contó a sus compañeros la historia del pequeño pirata informático en presencia de su director, Charles ‘Chuck’ Lane (Peter Sarsgaard).

Cuando el artíclo se publicó, llamó la atención de Adam Penenberg (Steve Zahn), que por entonces trabajaba en forbes.com, una revista online. Tras investigar sobre la empresa Jukt Micronics y todas aquellas fuentes que Glass citaba en el texto, destapó la gran mentira del periodista de The New Republic. Penenberg y el director de su revista presionaron a Glass haciéndole saber de los resultados de sus investigaciones mientras éste no hacía más que desmentirlas ante su director. Para tapar agujeros, el mismo Glass creó una página Web para la inexistente Jukt Micronics e inclusó falsificó sus apuntes sobre la historia con el fin de mostrárselos a su director como auténticos.

Finalmente, el director de TNR, Charles Lane, despidió a Stephen Glass tras descubrir que había mentido en varios de los artículos anteriormente publicados en la revista. La mentira de Glass desató una gran cadena de reacciones en el mundo del periodismo que le acusaban, con razón, de desprestigiar la profesión. El propio Stephen, en “El Fabulador“, un libro autobiográfico que escribió poco después, pidió disculpas por el daño que había causado a los lectores y al periodismo en general.

El caso de este escándalo es una muestra más de cómo un periodista puede aprovecharse del “paraíso” que le proporciona el prestigio de su propia revista para publicar historias interesantes y falsas como ciertas y, así, adquirir una buena reputación a pesar del riesgo de caer en el infierno del desprecio. Quizás, el continuo y rápido ritmo de la profesión periodística llevó a Glass a mentir en sus artículos o, tal vez, lo hizo por pereza. Lo que si se puede sacar en claro de esta historia (y de su recomendable película) es que, en ocasiones, la ética profesional del periodista no se toma al pie de la letra. Un craso error, ya que si mientes, eres un mentiroso, y si eres un mentiroso, pierdes credibilidad. Y un periodista mentiroso no es periodista, es novelista de ficción.